martes, 16 de agosto de 2016

LONNIE FRANKLIN, JR.: EL ASESINO DURMIENTE

Cuando Lonnie Franklin tomó el último bocado de aquella pizza, no se imaginaba que podría ser una de las últimas que comiera en libertad. Tampoco que el camarero que se la entregó, era en realidad un policía, uno de tantos que seguían sus pasos desde hacía tiempo.

El 7 de julio de 2010 fue detenido en su casa, al sur de Los Ángeles, acusado de matar a diez mujeres de entre 15 y 35 años de edad desde 1985 hasta 2007, pero curiosamente, en las primeras investigaciones, la policía creyó que durante un periodo de 14 años –desde 1988 hasta 2002 dejó de matar- para reemprender su carrera criminal durante otros cinco años, de ahí que le apodaran ‘el asesino durmiente’.

El criminal, que cuenta 63 años de edad en la actualidad, pudo valerse de su profesión como conductor de un camión de recogida de basura para agredir sexualmente y asesinar a sus víctimas, puesto que varios cuerpos se encontraron en vertederos.

El posterior hallazgo de 160 fotografías de mujeres desaparecidas en el domicilio de Franklin, hicieron sospechar a los investigadores que podrían ser muchas más víctimas –la mayoría prostitutas y drogadictas negras- , y probablemente Franklin no dejó de matar desde que inició tan horrible periplo criminal, en el verano de 1985.


El ADN y la pizza, cruciales para resolver el caso

En la década de los ochenta la identificación de criminales mediante la huella genética se encontraba en pañales, por lo que las investigaciones de muchos crímenes no se resolvían, como los casos de las mujeres a las que Franklin había asesinado. Los investigadores del caso, únicamente tenían como pruebas que todas habían sido asesinadas por el mismo ‘modus operandi’ –y algunas agredidas sexualmente-  por un hombre mediante una pistola del calibre 25. Sin embargo, en el año 2007, un laboratorio forense informó a los detectives de homicidios de la policía de Los Ángeles que el ADN de una misma persona se vinculaba con asesinatos ocurridos en 2002, 2003 y 2007. El problema era que no había ningún registro en las bases de datos policiales del asesino, aunque sí estaban conectados los crímenes de estos años con otros cometidos en la década de los ochenta del pasado siglo. El paso siguiente fue buscar si algún familiar cercano del asesino figuraba en la base de datos, pero el resultado fue negativo.

Pero lejos de abandonar la búsqueda, los detectives siguieron con el caso, y dos años después encontraron en el registro a un joven que fue procesado por un delito, cuyo ADN mostraba coincidencias con el encontrado en las víctimas. Era el hijo del asesino.

Para recabar las suficientes pruebas que acusaran a Franklin, lo sometieron a una vigilancia de 24 horas. Tras recabar la suficiente información, y seguir los pasos del asesino, un policía se hizo pasar por dependiente de una pizzería que frecuentaba. Tras visitar el restaurante y después de comer una pizza, los restos de esta fueron los que determinaron tras su análisis que el ADN de Lonnie Franklin coincidía con el ADN encontrado en los cuerpos de las diez víctimas. El jueves 5 de mayo de 2016 fue declarado culpable y el 10 de agosto del mismo año, condenado a la pena capital.



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