martes, 24 de noviembre de 2015

LA LOBOTOMÍA

Cuando hablamos de lobotomía, también debemos hacerlo de Antonio Egas Moniz, su descubridor. Por ello se le otorgó el Premio Nobel de Medicina en 1949, uno de los más polémicos y controvertidos en la historia de este galardón.

La lobotomía cerebral es una incisión quirúrgica que se realiza principalmente en la zona prefrontal craneal para extirpar o quemar una parte del cerebro, con el fin de eliminar conductas atribuidas a diversos trastornos mentales y de personalidad.
Dr. Antonio Egas Moniz
Si bien las primeras lobotomías se realizaron a chimpancés –los cuales no sobrevivieron- por el Dr. John Fulton, se le atribuye al portugués Moniz como descubridor, al practicarlas en seres humanos a partir de 1935.

Antonio Moniz consideraba que la enfermedad mental era completamente orgánica, debido a un origen neuronal. Así, si visualizaba el cerebro, también vería la enfermedad que afectaba al paciente. Se le ocurrió que sería una buena idea utilizar tinturas, como lo habían hecho los precientíficos del siglo XVIII para iluminar partes cerebrales afectadas que a simple vista no se vislumbraba. A partir de estas ideas comenzó a experimentar con cadáveres, creando sus propias tinturas e inyectándolas en los vasos sanguíneos del cuello. Utilizaba además una máquina de rayos X para visualizar los ramales de vasos sanguíneos y lóbulos.

El paso siguiente era traspasar la línea de la ética y la moral para certificar que su idea funcionaba, por lo que utilizó a los pacientes de su consulta como conejillos de indias. A la inyección de tinturas la bautizó como angiografía y la empleó en numerosas personas con problemas mentales incurables.

En 1935, Moniz acudió a un congreso sobre neurología, celebrado en Londres. Tras asistir a una ponencia de los científicos John Fulton y Carlyle Jacobson, en la que explicaron la intervención que le hicieron a una primate hembra de nombre Becky, con una enorme agresividad. Chillaba, volcaba los platos de comida y se orinaba en los objetos. Después de abrirle la cabeza, recortaron las fibras que conectan al sistema límbico con los lóbulos frontales. Al despertar, se mostró apacible y su inteligencia no había sufrido pérdida alguna.

Moniz volvió a Portugal con la idea de ponerlo en práctica con seres humanos. La innovadora técnica quirúrgica se sumaba a la angiografía, y sería el primero en atreverse a realizarlo con personas. Y así lo hizo. El 11 de noviembre de 1935 intervino a su primer paciente, una mujer que llevaba más de cuatro años ingresada en un psiquiátrico, ahogada en una profunda depresión que la había llevado a la paranoia. Moniz y su ayudante Lima le abrieron dos orificios de apenas un par de milímetros de diámetro, uno a cada lado del cráneo y le inyectaron alcohol para destruir el tejido nervioso.

Dos meses después un informe psiquiátrico certificaba que la mujer presentaba un comportamiento normal y que su depresión e ideas paranoides habían casi desaparecido. Nunca más se supo de ella.

Tras realizar lobotomías a una veintena de pacientes más, de los cuales siete se habían curado totalmente, otros siete parcialmente y otros seis no presentaron cambios en su estado.

Su descubrimiento llegó con éxito a Estados Unidos tras publicarlo en el American Journal of Psychiatry en 1937-revista científica de referencia en la época-, pero tras numerosas intervenciones llegaron los problemas: recaídas, muertes, ataques. En los mejores casos, la ansiedad, agresividad o paranoias desaparecían. En cambio muchos pacientes volvieron a la infancia abrazando ositos de peluche o como seres sumisos.  El médico pionero de la técnica en Estados Unidos Walter Freeman, llegó a afirmar (posiblemente de un modo irónico) que “los pacientes lobotomizados se convierten en buenos ciudadanos”.
El Dr. Freeman (izqda.) y Dr. Watts estudian una radiografía antes de operar.
Foto: Harris A. Ewing (1941)
Precisamente a Freeman se le culpabiliza de todos los males de la lobotomía, ya que no discriminaba al seleccionar a los pacientes que hacía pasar por el proceso. Desde los años 40 del siglo pasado, hasta 1972 -año en el que murió- operó a lo largo y ancho de Estados Unidos a numerosas personas, incluidos 19 niños, algunos de ellos con conductas que actualmente se denominan trastornos por hiperactividad. Viajaba en un coche al que llamó lobotomóvil, e incluso después de que se le revocara su licencia médica al morir un paciente mientras le intervenía, siguió operando.

La mala fama que se le atribuyó a la lobotomía unido al surgimiento de fármacos que conseguían obtener el mismo efecto en los pacientes pero sin tener que pasar por el quirófano, contribuyeron al declive de esta praxis.


Fuentes:
Slater, Lauren. “Cuerdos entre locos”, Ed. Alba (2006).
Documental “Lobotomías en series (1945-1967) Walter Freeman” https://www.youtube.com/watch?v=wwGAGRckuU0



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