viernes, 13 de noviembre de 2015

ALÍ BEY: EL ESPÍA AVENTURERO

Curioso y con espíritu aventurero desde muy joven, Domènech Badia i Leblich, nacido en el seno de una familia aristocrática barcelonesa en 1767, ha sido según algunos autores, uno de los mejores espías de todos los tiempos.

Once años después de su nacimiento se traslada junto a su familia a Andalucía, donde con 25 años trabaja como administrador de rentas de tabaco en Córdoba. Debido a la enorme influencia árabe de la zona, comienza a estudiar este idioma y a interesarse por esta cultura.

En 1799 se instala en Madrid. Conocedor del interés de los países occidentales por colonizar territorios en África, le plantea al entonces primer ministro del rey Carlos IV, Godoy, una misión a Marruecos, siendo aprobada dicha empresa. Así, Domènech se adentraría en territorio musulmán, muy vetado a los occidentales en aquella época. Se rasuró el cuerpo, se dejó crecer la barba, aprendió a hablar en un perfecto árabe y se circuncidó, convirtiéndose en Alí Bey, un príncipe de los Abásidas y descendiente de Mahoma.
Domènech Badia i Leblich, transformado en Alí Bey.
Grabado de principios del siglo XIX
Recorrió Marruecos y con su don de gentes e inteligencia fue aceptado con agrado por las clases nobles y el sultán, que por supuesto les sacaba información que luego transmitía a Godoy, al que insistentemente le propuso colonizar el sultanato marroquí, aunque las propuestas fueron denegadas una y otra vez, debido a la grave crisis de sufría el antiguo imperio español en aquella época. Finalmente, el sultán descubre que es un espía y lo expulsa del territorio en 1805.

Continuó viajando por el norte de África hasta Egipto, donde también logró colarse entre la florinata de la sociedad egipcia, obteniendo los mismos resultados que en Marruecos.

Después logró llegar a La Meca, siendo uno de los primeros europeos en llegar a tan emblemático y sagrado lugar para los musulmanes. Gracias a él, Occidente tendría planos e información muy valiosa de la ciudad oriental.

Seguiría viajando por Damasco, Jerusalén, Constantinopla, Grecia y Chipre. En este último país llegado por accidente tras una fuerte tormenta, que llevó al barco donde viajaba a la isla mediterránea. Allí conoció a un importante comerciante inglés al que le dio información acerca de los futuros planes de los británicos en el Mediterráneo Oriental.

Más tarde se entera de la invasión napoleónica en España, por lo que en 1808 y tras una aventura que duraba ya cinco años, decide regresar, aunque a su llegada se siente decepcionado, tras la nueva misión que le encarga el rey Carlos IV: ponerse a las órdenes de los franceses.

Después de una estancia corta en París -donde escribió un libro sobre sus viajes- el rey Luis XVIII le propone viajar de nuevo a tierras orientales, cambiando de nuevo su nombre, esta vez haciéndose llamar Alí-Othman.

El final del espía español se produce cerca de Damasco, en 1818. Las causas de su muerte son un misterio. Algunas fuentes dicen que fue envenenado por los servicios secretos británicos o por el bajá de Damasco, otras afirman que murió por disentería. Algunos dicen que no acabó así sus días, sino que se retiro escondiéndose en algún lugar del actual Líbano.

A pesar de decepcionarse enormemente en los últimos años, su trabajo fue valiosísimo en la época, permitiendo que se conociera la cultura árabe en Occidente, desconocida y vetada hasta entonces.



Fuentes:

Mañueco, Miguel. ‘Espionaje Made in Spain’. Revista Muy Historia, núm. 10, pp. 80-81



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