jueves, 29 de octubre de 2015

JEFFREY DAHMER: EL DEPREDADOR DE MILWAUKEE

LOS PRIMEROS AÑOS

Jeffrey Lionel Dahmer Flint nació el 21 de mayo de 1960 en West Allis, Wisconsin. Tuvo una infancia feliz. Era un niño curioso, inteligente y sociable al que le gustaban los animales. A la edad de siete años se mudó junto a sus padres a Bath, Ohio, debido al trabajo de su padre. El traslado produjo un cambio en el carácter de Jeffrey, volviéndose más introvertido. A la edad de 10 años descubrió un nuevo entretenimiento: diseccionar animales muertos. El primero fue un pez que pescó junto a su padre, y al que abrió en canal, quedando fascinado al observar el interior del animal. Sus padres empezaron a llevarse mal y las discusiones eran frecuentes. Jeffrey se volvió más retraído.

LAS PRIMERAS FANTASÍAS

En su adolescencia es recordado como un chico un tanto extraño. No se le conocieron amigos y tenía un sentido del humor un tanto peculiar, al que gustaba llamar la atención corriendo en el instituto mientras gritaba que había algún peligro. En esta época se dio cuenta que era homosexual y comenzaron sus extrañas fantasías, en las que se imaginaba tumbado junto a hombres inconscientes. Un día esperó en la calle con un bate de béisbol a un vecino al que solía ver practicando jogging. Su intención era golpearle en la cabeza y dejarle inconsciente para tumbarse junto a él, pero ese día el hombre no apareció.

En verano de 1978, justo después de la graduación de Jeffrey en el instituto su vida comienza a ir cuesta abajo. Sus padres se separan tras años de discusiones familiares. La madre se lo lleva a vivir con ella a Wisconsin sin decirle nada a su padre. Este hecho le afecta y le avergüenza frente a los demás. Se aisla cada vez más y las fantasías sexuales se apoderan de su mente. Sueña con matar a su amante. Al pasar tanto tiempo sólo, podía hacerlo realidad.
Jeffrey Dahmer en 1978

EL PRIMER CRIMEN

Mientras conducía su coche recogió a un autoestopista llamado Steven Hicks, de 19 años. Le invita a su casa y el joven accede. Pasaron un par de horas juntos bebiendo cerveza. Steven quería irse pero Jeffrey odiaba estar sólo, así que cogió una barra de pesas y lo golpeó en la cabeza y después lo estranguló. Al darse cuenta de lo que había hecho y en sus consecuencias, descuartizó el cuerpo, recordando aquellos días en que practicaba con los animales que encontraba muertos. Seguidamente, metió los trozos en bolsas de basura y lo cargó todo en el maletero del coche para llevarlos al basurero. De camino le paró una patrulla de policía por pisar la línea continua. Vieron las bolsas de basura pero no las abrieron. Tan sólo le pusieron una multa. Tras regresar a su domicilio machacó los huesos de su víctima que aún guardaba y los esparció alrededor de la casa.

Jeffrey estaba cada vez más atormentado por lo que había hecho y ahogaba su pesar en el alcohol. Tras aconsejarle su padre que se matriculara en la universidad, le hizo caso pero acudía a las clases borracho y suspendió todas las asignaturas.

Decidió alistarse al ejército y allí le enviaron a una unidad médica donde aprendió sobre anatomía humana. Jeffrey, después de mucho tiempo parecía haber encontrado la felicidad y la estabilidad que necesitaba. Incluso su carácter cambió. Ahora se mostraba más extrovertido y alegre, aunque este giro efectuado en su vida fue fugaz. Le destinaron a Alemania y allí volvió a bajar a los infiernos. Su estado de ánimo cambió y comenzó a beber, por lo que fue licenciado prematuramente.

JEFFREY CONTRA JEFFREY

La nueva etapa en la vida de Dahmer se caracteriza por una lucha continua contra sí mismo, enfrentándose a sus miedos. Después de una breve estancia en Miami, se estableció nuevamente en Milwaukee, en casa de su abuela. Dejó de beber e intentó llevar una vida con rectitud, como él la nombraba. Iba a misa, creyendo que la homosexualidad era inmoral y que yendo a la iglesia lo “curaría”, incluso trabajaba en el turno de noche de una fábrica de chocolate. Pero un suceso cambió su vida. Según él, un día mientras estaba en la biblioteca, un hombre le dejó una nota en la que le propuso relaciones sexuales. Aunque él se negó, ese escrito volvió a despertarle las fantasías que antaño tenía, por lo que para dar rienda suelta a sus deseos, robó el maniquí de una tienda. A su nuevo compañero sumiso –como quería que fuesen sus amantes- lo utilizaba para masturbarse encima de él, hasta que su abuela descubrió el muñeco y le hizo deshacerse de él.

LA CARRERA CRIMINAL

Su perversión se fue acrecentando. Las noches que libraba en el trabajo frecuentaba una sauna en la que acudían homosexuales. Allí drogó mediante somníferos a algunos hombres. Cuando quedaban inconscientes, se tumbaba junto a ellos. Le gustaba escuchar el latido de sus corazones y el ruido de sus estómagos, hasta que una de sus víctimas tuvo que ser hospitalizada; desde aquel momento le prohibieron la entrada. Tras el incidente, comenzó a acudir a los clubes nocturnos de ambiente de la ciudad de Milwaukee. Su juventud, atractivo y amabilidad hacían que tuviera cierta facilidad para ligar. Así, en noviembre de 1987 Jeffrey conoció a Steven Toumi, de 25 años, en el club de gays “219”. Alquilaron una habitación en el hotel “Ambassy”. Allí le drogó. A la mañana siguiente Toumi apareció muerto pero esta vez, Dahmer no se asustó. Compró la maleta más grande que encontró y metió el cuerpo, llamó a un taxi para llevarlo a casa de su abuela, donde escondió el cadáver en el sótano, descuartizándolo. Las fantasías y obsesiones de Jeffrey ganaron la batalla. Se rindió y dejó llevarse por ellas a partir de aquel momento.

Meses después conoció frente a la parada de bus del “19” a un adolescente de 14 años llamado Jamie Doxtator, que merodeaba las zonas de los bares de gays de la ciudad. Le ofreció 50 dólares por pasar un rato con él y el chaval aceptó. Pasaron la noche en casa de la abuela de Dahmer, mientras ella dormía, tuvieron relaciones sexuales. Después le drogó y estranguló. Escondió el cadáver en el sótano durante una semana y practicó la necrofilia con él, para acabar descuartizándolo.

Su cuarta víctima se llamaba Richard Guerrero, de 22 años. Lo conoció en un bar gay. También le drogó, estranguló y descuartizó, metiendo los trozos en bolsas y tirándolos al contenedor de la basura.

La abuela de Dahmer se cansó del comportamiento extraño de su nieto, por lo que en el verano de 1988 le invitó a que se fuera a vivir por su cuenta. Y así lo hizo. Alquiló un piso y un día conoció a un niño y le invitó a su nueva vivienda, donde empezó a acariciarle. El niño se asustó y salió corriendo. Dahmer fue condenado por este hecho a un año de prisión. Podía salir a trabajar pero debía dormir en la cárcel. Diez días antes de iniciar la condena conoció a su siguiente víctima, Anthony Sears en otro bar de gays. Esta vez momificó su cabeza y genitales, guardándolos en la taquilla de su trabajo.

Diez meses después, salió en libertad y cambió de residencia. Su nuevo apartamento estaba en un barrio humilde de Milwaukee, relativamente cerca de muchos bares de ambiente. Esta vez, sus víctimas serían jóvenes marginales o de comportamiento extravagante, a los que nadie echaría de menos. Durante un año cometería los crímenes más salvajes, trece en total. Su modus operandi siempre fue el mismo pero esta vez compró un bidón de más de 200 litros. Lo llenó de ácido y allí metió las extremidades y los torsos de sus víctimas, que se estaban amontonando en el apartamento. Una vez deshechos, vaciaba el contenido del barril por los desagües. Algunas partes las guardó como trofeos.

El apetito sexual de Dahmer, al igual que sus fantasías eran insaciables y cada vez más extravagantes. Aún no había encontrado al compañero perfecto. No soportaba estar sólo, quería a alguien sumiso pero sin voluntad, algo así como un ‘zombie’ y empezó a experimentar con algunas de sus víctimas, a las cuales, estando inconscientes les agujereó el cráneo con un tralado, inyectándoles ácido en el cerebro. Lógicamente morían a las pocas horas. Así que a los siguientes los mató y se los comió para “sentir que formaban parte de mi”, como diría tiempo después.

DETENCIÓN, JUICIO Y MUERTE

En julio de 1991, Tracy Edwards sería su última víctima. Logró escapar esposado de casa de Dahmer. Localizó a una patrulla de policía. Cuando los agentes acudieron al apartamento, descubrieron 83 fotografías realizadas con una Polaroid de distintas fases de descuartizamiento de varios cuerpos. En la cocina encontraron una cabeza en el frigorífico y restos de cuerpos en un congelador. Lógicamente, fue detenido. Jeffrey confesó todos los asesinatos.
Jeffrey Dahmer después de su detención.
Fotografía tomada el 23 de julio de 1991
(Police Milwaukee Department)
Después de una pugna judicial entre la defensa de Dahmer contra la acusación para declararlo enfermo mental, se dictaminó que estaba cuerdo y fue condenado a cadena perpetua.

Su comportamiento en la cárcel fue siempre ejemplar, aunque era odiado por muchos presos. Uno de ellos intentó matarlo en verano de 1994. Finalmente, el 28 de noviembre de 1994 el recluso Christopher Scarver, cogió una barra de hierro del gimnasio y le golpeó la cabeza. Dahmer murió de camino al hospital.




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