jueves, 10 de septiembre de 2015

LA GUERRA SIRIA: DESDE ARGELÈS A KOS

Recuerdo de pequeño las historias que me contaban mis abuelos sobre la guerra. Mi abuela materna entre lágrimas explicaba el miedo y el hambre que pasó en aquellos truculentos años. La imagen de mi abuelo levantándose la camisa para enseñarme –por enésima vez- la cicatriz escondida bajo las arrugas que le dejó un trozo de metralla incrustada, tras la explosión de una bomba. -¿Te dolió?- Le preguntaba yo. –No. Me di cuenta cuando vi que sangraba- Me respondía. Esta es una pequeña parte de la historia de la Guerra Civil, como la de tantas otras de miles de españoles que la sufrieron y que seguramente también contaron a sus nietos.

La historia de mi abuelo no acabó con las bombas, sino un tiempo después cuando emigró con su madre y hermanos a la vecina Francia, junto a otras 550.000 personas que huyeron de la guerra durante 1939. El destino “elegido” fue el pequeño pueblo de Argelès-sur-Mer, en la costa mediterránea, muy cerca de la frontera.

Las autoridades francesas fueron reacias en un principio a acoger a sus vecinos que huían del horror pero la presión internacional y el alúd de personas que llegaban sin parar les hizo recapacitar y pronto se vieron obligados a abrir los pasos fronterizos de La Jonquera y Portbou.

Como decía, el lugar de destino de mis ancestros –y de otros 100.000- fue Argelès. Las autoridades locales no estaban preparadas para acoger a tantísimas personas, así que decidieron instalar campamentos en la playas del municipio. Una vez instalados, la pesadilla continuaría. Se cercó la zona con alambres de espinos y custodiado por tropas de milicianos de las colonias francesas africanas, principalmente. Las condiciones de salubridad eran lamentables. Los propios refugiados tenían que construirse sus propias chozas con lonas y paja para cobijarse. Los alimentos llegaban en cuentagotas y debían utilizar el agua del mar para cocinar, ante la escasez de agua potable. El hambre, el frío y las enfermedades no se hicieron esperar. Muchas personas perecieron víctimas de la disentería o el tifus.
Campo de refugiados en Argelès-sur-Mer (1939)

Pasaron los meses y los sobrevivientes tuvieron que decidir si quedarse en la Francia recientemente ocupada por los nazis o volver a España, aprovechando que Franco no iba a tomar represalias contra quienes no hubieran cometido delitos de sangre, como fue el caso de mi abuelo.

Esta y otras historias familiares me vienen a la memoria estos días, al observar en los telediarios como miles de personas cruzan desde finales de agosto el pueblo macedonio de Gevgelija, en la frontera con Grecia, y otros tantos llegan por mar procedentes de Turquía a la isla griega de Kos, donde son alojados improvisadamente en un hotel abandonado. El éxodo de miles y miles de personas huyendo de la barbarie que se está viviendo en Siria, y como 76 años después del fin de la Guerra Civil española, las cosas no han cambiado tanto. En la era de la globalización, del avance tecnológico, de la Unión Europea, de la ONU y de las ONG’s, la frontera hispano-francesa del 39 fueron reacias a abrirse tal como ocurría hace pocos días en Macedonia o Hungría, y sólamente ante la presión de la opinión pública internacional han decidido subir las barreras.
Emigrantes en Hungría, cerca de la frontera con Serbia (25.08.2015)
Autor: Gémes Sandor/Szomszed

La zona de Oriente Medio ha sido a lo largo de la historia lugar de numerosas guerras y enfrentamientos, antaño las guerras religiosas y la lucha por el dominio territorial imperaban. En los siglos XIX y XX tanto Francia como Reino Unido tenían sometidos estos territorios para abandonarlos luego a su suerte, siendo dirigidos por dictadores y apoyados -a veces sí y a veces no- por Occidente según su conveniencia. No voy a entrar en discutir quién o quienes son los responsables de la guerra en Siria, aunque la herencia dejada por las invasiones occidentales en gran parte del mundo es esta, conflictos bélicos, miseria y por consiguiente desplazados, y lo que es peor la incapacidad para dar con una solución al respecto.

Desde el inicio de la guerra en Siria en 2011, los desplazados internos en Siria suman 7.600.000 y casi 2 millones se encuentran en Turquía, 1 millón y medio en Líbano y otros 3 millones y medios en diferentes países como Jordania, Iraq, Egipto y del norte de África, según ACNUR.

La reacción de la Unión Europea llega con retraso, aunque ha llegado. El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker ha sorprendido con sus declaraciones, muy comprometidas con la causa: “Si fueran ustedes, con sus hijos en brazos, los que vieran cómo el mundo se deshace, no habría muro que no fueran a subir, no habría mar que no fueran a atravesar o frontera que cruzar para huir de la guerra o del Estado Islámico. Debemos acoger a los refugiados en la UE". También ha enviado un mensaje a los países reacios a acoger a refugiados sirios, aludiendo a la religión, como es el caso de Hungría, Polonia, la República Checa, Eslovaquia, Letonia, Lituania y Estonia, a los que sólo aceptarán a cristianos. "No hay creencias, religiones o filosofías cuando hablamos de refugiados. El asilo es un derecho. Se acerca el invierno y  no queremos ver a gente en las calles”.


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