miércoles, 29 de julio de 2015

JOAN VILA: EL ASESINO DE ANCIANOS DE OLOT

Paquita Gironés, una anciana de 85 años ingresó en el hospital de la pequeña ciudad española de Olot en estado muy grave, la madrugada del 17 de octubre de 2010. Horas después moría a causa de una ingesta de lejía. A la mañana siguiente fue detenido el auxiliar del geriátrico donde residía la víctima, Joan Vila, como presunto autor de la muerte de la anciana. El 30 de noviembre, Vila declaró ante el juez y se autoinculpó de la muerte de la octogenaria y además confesó haber matado a  10 ancianos más durante 15 meses. A 6 ancianos los mató con una mezcla de sedantes, a 3 con una ingesta de lejía y otras 2 víctimas asesinadas por una sobredosis de insulina. El asesino declaró haber dado muerte a los ancianos “por amor” y para que dejaran de sufrir.
            Nadie de su entorno podía presagiar que ese auxiliar de geriatría de 47 años de edad que era tan cordial y bondadoso con todo el mundo, y en especial con los ancianos y ancianas que cuidaba, era en realidad un ángel exterminador.
            Joan Vila llevaba años en tratamiento psiquiátrico. Se angustiaba con frecuencia, sufría crisis de pánico, poseía una baja autoestima y un temblor de manos que le obsesionaba.
            Los informes periciales psiquiátricos indicaron que se trata de un tipo “con inmadurez emocional, carente de empatía, introvertido, obsesivo con pocas habilidades sociales e interpersonales” y “un maniático del orden”.
            Joan Vila Dilmé fue condenado a un total de 127 años y medio de prisión por las 11 muertes, cometidas entre agosto de 2009 y octubre de 2010, aunque cumplirá un total de 40 años, como señala el límite legal establecido.





miércoles, 22 de julio de 2015

LA MASACRE DE MY LAI

Al amanecer se escucharon numerosos helicópteros estadounidenses. No era una mañana más. Rápidamente se adentraron las tropas de asalto en la aldea vietnamita. A los gritos de ¡Tudi maus, tudi maus!, los soldados sacaban a las personas de sus hogares e incendiaban las chozas. Muchos hombres que conformaban la Compañía Charlie, del Primer Batallón de la 20ª División de la 11ª Brigada de Infantería de los Estados Unidos, dirigida por el capitán Ernest Medina, y el alférez William Calley, arrasaron la aldea a sangre y fuego sobre todo ser viviente ya fuera animal o humano, violando a niñas y mujeres, aquella mañana infernal del 16 de marzo de 1968.
Un soldado estadounidense incendia una choza
en la aldea de My Lai
            Los lugareños no daban crédito a la situación que estaban viviendo. Otras veces los soldados estadounidenses habían venido a la aldea pero jamás se comportaron cruelmente.
            Una unidad aérea de reconocimiento formada por el piloto teniente Hugh Thompson, el artillero jefe Glenn Andreotta y  el también artillero Lawrence Colburn descendieron dos veces al darse cuenta de lo que estaba sucediendo: numerosos cuerpos de mujeres, niños y hombres yacían por los alrededores del poblado. La segunda vez que descendieron fue para salvar a diez personas que se encontraban escondidas dentro de un refugio subterráneo ante la amenaza de diversos soldados de matarlos. Thompson, mediante gestos hizo salir a los civiles, mientras advertía a los militares que sus artilleros abrirían fuego contra aquél que se le ocurriese disparar. Ninguno de ellos se atrevió.
            Seguidamente el teniente Thompson solicitó por radio un helicóptero para evacuar a los civiles, mientras Andreotta salvaba a un niño de una acequia.
Teniente Hugh Thompson
Foto: US Military, Department of Defense
            Después de todo aquello, Thompson y sus hombres denunciaron los hechos al oficial de mayor rango de la brigada, coronel Henderson (que curiosamente había observado lo sucedido in situ desde un helicóptero mientras sobrevolaba My Lai). Todo se tapó con una nota oficial en la que decía que habían muerto 120 personas de las cuales 90 eran militares del viet cong y 30 civiles que les daban apoyo, y aunque se intentara ocultar la verdad, en noviembre de 1968, el fotógrafo militar Ronald Haeberle decidió publicar las fotografías que realizó de la barbarie en la revista Life. El escándalo estaba servido.
Coronel Oran K. Henderson
            Se inició una investigación un año después, que concluyó en marzo de 1970. Hubieron más de 400 testigos y 80 militares acusados, aunque el ejército inculpó solamente a los que se econtraban en aquel momento en activo. El capitán Medina y el alférez William Calley eran dos de ellos, aunque finalmente éste último fue el único condenado, con una sentencia a cadena perpetua, aunque tres años y medio después fue indultado por el presidente Nixon, en pleno proceso electoral para su reelección.
            La crítica de la opinión pública estadounidense no se hizo esperar y se tildó el asunto  de farsa y Calley tachado como cabeza de turco.
Capitán Ernest Medina


            Según el testimonio de soldados involucrados, la matanza se debió a que obedecieron la orden de que debían arrasar la aldea en la que únicamente se encontraban soldados del viet cong, ya que los civiles habían abandonado el lugar. Estaban especialmente motivados debido a que por fin podrían ver las caras de unos enemigos que aún no habían visto y vengar la muerte de sus compañeros caídos. Pero, ¿quién dio realmente esa orden?, y si se dio, ¿quién cometió el error, si es que lo hubo, de asegurar que en la aldea solamente se encontraban soldados del viet cong? Son preguntas que seguramente nunca tendrán respuesta.
Alférez William Calley.
Único condenado por la masacre
            En 1998, al cumplirse 30 años de la masacre, los tres militares que evitaron la aniquilación total de la aldea (solamente 20 personas sobrevivieron) fueron condecorados por el ejército estadounidense. Glenn Andreotta lo fue a título póstumo, ya que fue muerto en combate pocas semanas después de la masacre. Ese mismo año, Thompson y Colburn regresaron a My Lai y pudieron reunirse con algunos aldeanos que rescataron del refugio.
            Hugh Thompson murió de cáncer en 2006, y fue víctima del ostracismo al que fue sometido a su regreso de Vietnam.
Uno de los héroes de My Lai, Lawrence Colburn visitando My Lai en 2008.
            Lawrence Colburn es el único superviviente de la unidad, y cuando se cumplieron cuarenta años de lo sucedido volvió a My Lai, visitando a Do Ba, el niño que su compañero Andreotta salvó de una acequia.





miércoles, 15 de julio de 2015

MILGRAM Y EL EXPERIMENTO SOBRE LA OBEDIENCIA A LA AUTORIDAD

“Gane 4 dólares por una hora de su tiempo. Se necesitan personas para estudio sobre la memoria”. Así rezaba el anuncio de un periódico de la ciudad de New Haven en un día caluroso de junio de 1961. El anuncio era mentira. El estudio se basaba en la obediencia a la autoridad.
            El experimento estaba compuesto por tres personas: el investigador, el profesor y el alumno. El investigador era quien dirigía. Previamente dos personas que se prestaban para el experimento, debían elegir una papeleta en la que decía el rol que deberían seguir cada uno: “alumno” o “profesor”. El “profesor” debía leer una serie de palabras y el alumno debía repetirlas. Para ello, el alumno se sentaba en una silla eléctrica, atado. En otra habitación contigua había un gran generador con un sistema de botones etiquetados con sus correspondientes indicadores de voltaje: 15, 30, 35…, hasta 450 voltios. El último pulsador advertía: “Peligro, descarga máxima”. El profesor y el investigador se encontraban en esta última estancia.
           A continuación comenzaba el experimento. Cada error del “alumno” suponía una descarga mayor, hasta que llegado a un punto pedía a gritos que le sacaran de allí y aunque el “profesor” quisiera finalizar el investigador contestaba con frases como: “Continúe, por favor” o “El experimento no ha terminado, debe seguir adelante”. Y el alumno seguía, y otro alumno seguía, y otro…así hasta la última descarga: 315 voltios, un grito desgarrador, después…el silencio.
El investigador (V) insta a que el profesor (L) aplique descargas eléctricas al alumno (S),
 aunque éste suplique que no lo haga.
Autor dibujo: Maksim https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Milgram_Experiment.png


            El creador del experimento fue Stanley Milgram, un psicólogo de la prestigiosa Universidad de Yale, el cual lo ideó para intentar dar una respuesta a la pregunta que le rondaba la cabeza: ¿es posible que el responsable directo del holocausto nazi, Adolf Eichmann y los ejecutadores finales sólamente seguían órdenes?.
            Milgram quedó asombrado con los resultados de dicho experimento, por el cual el 65% de los participantes obedeció las indicaciones del investigador hasta el final, aún cuando se mostraban contrarios a continuar aunque eso les reportara ir en contra de sus convicciones éticas y morales.
            Cabe señalar que dicho experimento estaba muy bien preparado. Así cuando los participantes escogían las papeletas, en ambas estaba escrita la palabra “profesor” y el que representaba el rol del “alumno” era un actor que había ensayado debidamente el papel de participante “torturado” y que obviamente nunca recibió daño alguno.
            Una vez publicado el estudio, a  Milgram le llovieron las críticas por su gran contenido antiético, y que había producido traumas permanentes en muchos de sus participantes, al descubrir lo que serían capaces de hacer, aunque por otro lado les había abierto los ojos al descubrir otro lado más rebelde y que no siempre hay que seguir un patrón que nos dicte cómo debe ser nuestras vidas y cómo comportarnos.
            En otros casos, diversos autores refutaron los resultados refiriéndose a que el experimento no medía la obediencia sino la confianza que ponían los participantes en el investigador y que por ello llegaban hasta el final.
            Otros autores, aludían a componentes situaciones y contextuales, es decir, que el sujeto actuará dependiendo de la situación y el contexto en el que se encuentre.
            En realidad, nadie ha sabido interpretar el significado real del experimento, ni siquiera el propio Milgram que buscó durante su vida una respuesta clara, pero no la encontró. Lo que tuvo claro es que la “obediencia y la desobediencia se basan en complejidades de la personalidad” […] “Estos experimentos despiertan la conciencia y quizá el despertar sea el primer paso hacia el cambio”.
           


Bibliografía: Slater, Lauren (2004). “Cuerdos entre locos”, capítulo 2: Obscura, Stanley Milgram y la obediencia a la autoridad. Editorial Alba, Barcelona.





martes, 7 de julio de 2015

LOS CRÍMENES DEL TYLENOL

Mary se despertó mientras amanecía con dolor de garganta. Al parecer se había resfriado. Sus padres le administraron una cápsula de “tylenol extra fuerte”, un analgésico para apaciguar los síntomas, pero ocurrió todo lo contrario, la joven de 12 años moría un rato después.
            El mismo día que fallecía Mary Kellerman, el 29 de setiembre de 1982 lo hacía Adam Janus, de 27 años. También tomó una cápsula de “tylenol extra fuerte”, cuyo frasco que contenía las píldoras fue a parar a casa de sus padres, donde corrieron la misma suerte el hermano de Adam, de 25 años, y su esposa Theresa, de 19.
            A estas muertes le siguieron tres más durante los primeros días de octubre.
            Los analistas y médicos no tardaron en determinar que la causa de las muertes fueron las cápsulas rojiblancas de Tylenol que ingirieron las víctimas, aunque las analíticas sanguíneas determinaron que la muerte fue producida por cianuro de potasio.
            Todas las personas fallecidas vivían en el área metropolitana de Chicago, por lo que se lanzaron numerosos avisos desde los medios de comunicación. La policía patrullaba por los vecindarios advirtiendo a golpe de megáfono que nadie tomara el medicamento en cuestión. Los boy scouts fueron de puerta en puerta para ayudar a difundir el mensaje. También grupos religiosos se sumaron a la tarea informativa, sobretodo a los más ancianos. En las escuelas, en los transportes públicos
Autor: Colin
y en los locales comerciales se hizo lo mismo. Además miles de frascos del medicamento más famoso de Estados Unidos fueron retirados del mercado.
            Por desgracia, el mensaje no llegó a la séptima víctima, que curiosamente no residía en la zona de Chicago.
            Estaba claro que las víctimas no habían sido intoxicadas por un accidente, sino que quien introdujera las píldoras contaminadas lo hizo con conocimiento de causa y recientemente, puesto que el cianuro es corrosivo y hubiera roto las cápsulas.
            A la pregunta sobre cuándo y dónde se introdujeron las cápsulas venenosas, se barajaron varias respuestas, algunas bastante inverosímiles. Descartada la teoría de que pudiera haber sido en la cadena de producción, se creyó en la posibilidad de que alguien hubiera introducido el veneno cuando los frascos ya estaban en las estanterías de los comercios, ya que este medicamento se podía adquirir en cualquier establecimiento y no tenía por qué ser farmacéutico.
            Sobre el autor o autores se barajó la posibilidad que fuera algún empleado de la firma Johnson & Johnson, que por venganza hubiera actuado de esta forma. También se pensó en alguien que representara a alguna compañía farmacéutica de la competencia.
            Varios fueron los sospechosos, como James William Lewis que envió una carta a Johnson & Johnson nada más conocerse los casos de las primeras muertes, exigiendo un millón de dólares para detener las muertes, pero no se encontraron pruebas para incriminarle, aunque fue condenado a 15 años de prisión por extorsión.
            Dos sospechosos más fueron investigados pero no se encontraron pruebas vinculantes para incriminarlos.
            A día de hoy no se ha encontrado al autor o autores de los asesinatos, aunque el caso sigue abierto.





sábado, 4 de julio de 2015

LUAN BARCELOS DA SILVA: EL ASESINO DE TAXISTAS

Luan ya no tenía recursos económicos. Se había quedado sin trabajo a finales del año 2012. Frustrado, le pidió a un amigo de 15 años de edad que le suministrara un arma de fuego.
            La mañana del 28 de marzo de 2013 detuvo a un taxi en la localidad donde residía, en Santana do Livramento, se introdujo en el vehículo y con el arma del calibre 22 que portaba le descerrajó dos tiros en la cabeza al taxista. Seguidamente lo sacó del interior del taxi y le robó la cartera y el teléfono móvil.
            En ese mismo día repitió la misma operación dos veces más: parar un taxi, asesinar al conductor, sacarlo del vehículo y robarle la cartera y el teléfono móvil.
            Dos días después se dirigió a la ciudad de Porto Alegre y volvió a cometer tres asesinatos con el mismo ‘modus operandi’.
            La policía no tardó en iniciar la investigación. Las cámaras de seguridad situadas en las proximidades de algunas de las zonas donde se cometieron los crímenes, las huellas dactilares dejadas en los vehículos y el seguimiento al que fue sometido a través de los teléfonos móviles que portaba, fueron claves para poder detenerlo dos semanas después.

            Nadie de su entorno más cercano podía imaginarse que este joven de 21 años de edad fuera capaz de cometer semejantes crímenes, puesto que era una persona de lo más normal, aunque fuera expulsado del ejército brasileño por mal comportamiento.
            Actualmente, Luan Barcelos da Silva, cumple una condena de 124 años de prisión por los seis asesinatos y los consiguientes robos.





jueves, 2 de julio de 2015

ISSEI SAGAWA: EL CANÍBAL MÁS MEDIÁTICO

Nacido en 1949 en el seno de una familia acomodada, Issei Sagawa estuvo a punto de morir al nacer. Tuvo una educación estricta y estuvo muy sobreprotegido por sus progenitores. Creció junto a su hermano y tuvieron una feliz infancia. Sin embargo, Issei era un niño enormentente acomplejado, fruto de su delgadez y baja estatura.
            Según su propia versión, jugaba a un extraño juego con su tío, que le ataba junto a su hermano, colocándolos dentro de una olla, mientras representaba a un caníbal que quería comérselos. Al parecer, este juego tuvo un fuerte impacto en su vida.
            En la edad adulta se sentía rechazado por las mujeres y tenía obsesión por las mujeres occidentales altas, de cabello rubio y ojos claros, además de un enorme deseo de probar su carne.
            Sólamente faltaba una señal para que se cumpliera su deseo, hasta que ese aviso llegó.
            En 1972, una joven modelo alemana se instaló en el vecindario de Issei, en Tokio. Una noche se coló en su casa por la ventana, “armado” con un paraguas y ocultando su rostro tras una máscara de Frankenstein. Quiso asaltarla mientras ella dormía en la cama pero justo antes del ataque la chica se despertó sobresaltada y chillando. Él quiso escapar, pero la modelo pudo reducirlo sin problema ya que Issei, de 1’48 m. de altura no pudo hacer nada contra la envergadura de la joven.
            Fue detenido por intento de violación, aunque la denuncia y los cargos fueron retirados a causa del pago que hizo el padre de Sagawa a la víctima. Sin embargo, su progenitor quiso que fuera visitado por un psiquiatra, el cual dictaminó que Issei era ‘extremadamente peligroso’.
            No se hizo nada al respecto y en 1977 se marchó a estudiar literatura a la Universidad de la Sorbona, en París, donde tiempo después conoció a su futura víctima.
            Cuando vio por primera vez a la joven, alta y esbelta holandesa Renée Hartevelt, de 25 años de edad, se obsesionó con ella. Se hicieron amigos, sin poder sospechar ellla en ningún momento quién era realmente Issei. Él era amable, tímido y en absoluto nadie podía imaginar el terrible depredador que se escondía tras esa inocente apariencia.
            Su plan se cocinaba a fuego lento en su cabeza. Una vez reunidos todos los ingredientes y en su punto justo de ebullición, invitó a su víctima a cenar en su apartamento con la excusa de que le tradujera unos poemas de literatura alemana que tanto les fascinaba a los dos.
            Renée se encontraba sentada frente al escritorio, relatando un poema al mismo tiempo que lo traducía al francés, tal y como le había pedido su amigo Issei.
            El japonés, acercándose a la joven por detrás con sigilo, empuñando un rifle del calibre 22 y apuntando a su nuca, disparó.
            Una vez muerta practicó sexo con su cuerpo y comió trozos de sus partes blandas.    
            Dos días después, la noche del 13 de junio de 1981, el pequeño hombre japonés salía de su portal de la calle Erlanger con dos pesadas maletas. Un taxi lo conduciría al parque conocido como ‘Bosque de Bolonia’.
            Una vez allí, anduvo un rato arrastrando el particular equipaje que abandonaría cerca del lago que bañaba una zona del parque. Un rato después se oyeron gritos. Un cocktail de sonidos de asombro, repugnancia y horror inundaron el ambiente del gran parque, al descubrir unos curiosos transeúntes lo que contenían las maletas: diversas partes de un cuerpo humano.
            El aviso a la policía no se hizo esperar y la detención de Issei Sagawa, tampoco.    
            Cuando los investigadores ingresaron en el domicilio descubrieron con horror restos de la víctima en el frigorífico y también en un plato restos de carne humana condimentada, además de un cassette que contenía el audio del crimen, y fotografías tomadas por el asesino del cuerpo amputado.
            Sagawa no fue nunca juzgado. Un año después, los informes psiquiátricos aludieron inestabilidad mental y fue puesto en libertad treinta y cuatro meses después de su detención. Se le trasladó a Japón y una vez allí fue internado en un hospital psiquiátrico. Ocho meses después fue dado de alta, recuperando la libertad absoluta.        
            A mediados de los años ochenta, Issei escribió varios libros cuyos argumentos giran en torno al crimen cometido y sus obsesiones caníbales, lo que le convirtieron en una figura muy popular y mediática, paseándose por los platós televisivos de Japón, traspasando todos lo límites de la ética y la moral. Además se convirtió en actor porno, escogiendo en sus películas a actrices occidentales.
            Las últimas noticias que se tienen de él es que vive sólo y tras una identidad falsa en las afueras de Tokio, en total libertad, sin ningún tipo de control psiquiátrico ni judicial.
            Sus gustos han cambiado. Ahora prefiere las mujeres orientales, y aunque afirma que no volvería a cometer ningún crimen, cuando ve las piernas de alguna mujer japonesa, le apetecería comérselas.