martes, 23 de diciembre de 2014

RAMÓN MERCADER: EL ASESINO DE TROTSKY

Cuando Lenin enfermó de aplopejía, Trotsky apuntaba a ser el sucesor del líder de la Unión Soviética. Sin embargo, una conspiración ideada por Stalin, le apartó del poder, por lo que cuando llegó a el, fue encerrado en una cárcel de Siberia y es allí donde adoptó el nombre de Trotsky, en honor a su amable carcelero. En 1929 fue expulsado de la Unión Soviética y tras peregrinar por varios países, México le concede asilo en 1937.
            Ramón Mercader nace en Barcelona en 1914, proveniente de una familia burguesa de la Cuba colonial, hijo de una acérrima comunista que inculcó a sus hijos los ideales revolucionarios de la época, y en concreto del estalinismo, que sin olvidar la educación burguesa enseño a sus hijos inglés y francés. Es por ello que Mercader comienza a tener contacto con comunistas de la Unión Soviética a principios de los años treinta. Más tarde participaría en la guerra civil española y después fue reclutado como agente secreto en el NKVD soviético, antecesor del KGB. En 1938 se instala en París cambiando su identidad por la de Jacques Monard e introduciéndose en los círculos trotskistas con cierta facilidad, ya que se muestra afable y simpático, invitando a fiestas y buenos restaurantes a sus nuevos camaradas.  En setiembre de 1939 Mercader entra en Estados Unidos con el nombre de Jack Jackson, un empresario canadiense. Al mes siguiente llega a México DF, acercándose cada vez más a Trotsky, seduciendo incluso a una de sus secretarias Silvia Ageloff, que se enamora perdidamente de él.
            El 24 de mayo de 1940, veinte hombres fuertemente armados en complicidad con un guardaespaldas de Trotsky, entran en la residencia de éste y tirotean la habitación donde se encontraba junto a su esposa y su nieto. Se salvan gracias a la combinación de oscuridad de la estancia y los efectos del tequila ingerido por los atacantes. Tras la fracasada acción, es el turno de Jacques Monard, que fruto de su relación con Silvia Ageloff consigue ganarse la confianza de Trotsky, y así es como el 20 de agosto de 1940, y con el pretexto de que éste leyera unos escritos suyos, es citado en el palacete del exministro soviético. Después de dar de comer a sus conejos en el jardín, entran en su estudio, se sientan y mientras Trotsky lee detenidamente los textos, Mercader saca una de las tres armas que lleva escondidas. De entre la daga de 35 centímetros, la pistola y el piolet con el mango recortado, escoge éste último, agarrándolo fuertemente con las dos manos le asesta un golpe clavándoselo en el cráneo, perforándolo más de tres centímetros, dañando el cerebro. Tras ello, el plan era marcharse tranquilamente del lugar, pero lo que no tenía previsto Mercader era que Trotsky gritara enérgicamente y con la fuerza suficiente como para levantarse de la silla y morder a su verdugo. Los guardaespaldas al oír los gritos de su protegido, entran en la estancia, pero por petición expresa de Trotsky no apresan a Mercader, ya que quería que éste confesara.
            Trotsky murió unos días después y Mercader pasó veinte años encerrado en una prisión de la capital mexicana sin confesar nunca quien ordenó el asesinato de su víctima. Tampoco se supo su verdadera identidad hasta 1953. En 1960, acabada su condena, se instaló en Moscú hasta 1974, conderado con la Orden de Lenin y considerado un héroe de la Unión Soviética.
            Ramón Mercader se instaló en Cuba y murió en La Habana en 1978, víctima de cáncer. El grito de Trotsky le acompañó hasta el fin de sus días. En su lecho de muerte no dejaba de repetir “¡ese grito!, ¡ese grito!”. Muchos amigos le dieron la espalda, incluso los mismos que le ordenaron la ejecución de Trotsky. Tampoco pudo cumplir su sueño de volver a España.
            En 1994 la publicación de una autobiografía de Pavel Sudoplatov causó un gran impacto por desvelar secretos de estado de la Unión Soviética, entre otras informaciones reveló que fue él quien ideó el plan para asesinar a Trotsky, como jefe de los servicios secretos, tal y como le ordenó Stalin, quien lo veía como una amenaza para la Unión Soviética y para él mismo.




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